




Cuando hablamos de maquetar un libro, una revista, una memoria, un catálogo o cualquier otra publicación, puede parecer que el trabajo consiste básicamente en coger unos textos, añadir unas imágenes y colocarlo todo más o menos bonito dentro de unas páginas.
Pero no.
O al menos, no debería serlo.
El diseño editorial consiste en organizar contenidos para que se entiendan, se lean bien, tengan ritmo y, además, transmitan algo. Porque una publicación no solo se lee: también se recorre, se mira, se toca y se experimenta.
Y cada decisión —desde el tamaño de una letra hasta el espacio que dejamos en blanco— influye en esa experiencia.
Antes de diseñar, hay que ordenar
Muchas veces el material llega en forma de documentos de Word, fotografías, gráficos, tablas, titulares, notas, pies de foto y archivos de todo tipo.
El primer trabajo no es todavía “ponerlo bonito”.
Es entender qué tenemos.
¿Qué información es principal?
¿Qué necesita destacar?
¿Qué pertenece a un mismo bloque?
¿Qué puede eliminarse?
¿Qué necesita más espacio?
Una buena publicación tiene una jerarquía clara que permite a quien la lee orientarse casi sin darse cuenta.
Títulos, subtítulos, destacados, cuerpos de texto, pies de foto o numeraciones no se diferencian porque sí. Cada uno cumple una función y tiene que encontrar su lugar dentro del conjunto.
Una página también necesita respirar
Uno de los errores más habituales cuando se plantea una publicación es intentar aprovechar absolutamente todo el espacio disponible.
Más texto.
Otra fotografía.
Un pequeño recuadro por aquí.
Un dato que “seguro que cabe”.
Y acaba cabiendo todo.
Pero no necesariamente funcionando.
Los espacios en blanco también forman parte del diseño. Permiten separar contenidos, crear pausas, dirigir la mirada y conseguir que una página sea mucho más agradable de leer.
Es una de esas reglas del diseño que sirven también bastante bien para la vida: si todo destaca, no destaca nada.
La tipografía no está ahí solamente para ser bonita
La elección de una tipografía influye muchísimo en cómo percibimos una publicación.
Hay tipografías que funcionan estupendamente en un titular pero serían agotadoras para leer diez páginas seguidas. Otras son muy legibles pero quizá no tienen el carácter que necesita el proyecto.
También importan el tamaño, el interlineado, la longitud de las líneas, los márgenes o la relación entre unas tipografías y otras.
Todo eso contribuye a algo fundamental: que leer resulte fácil.
Porque por muy espectacular que sea una publicación, si cuesta leerla, tenemos un problema.
Texto e imagen tienen que hablar entre ellos
Las imágenes tampoco deberían colocarse simplemente en el hueco que queda libre.
Una fotografía puede ocupar una página entera porque necesita protagonismo. Otra puede convivir con el texto. A veces una imagen pequeña funciona mejor que una enorme y otras veces necesitamos precisamente lo contrario.
Lo interesante está en construir una relación entre texto, fotografía, ilustración y espacio.
Ahí aparece el ritmo de la publicación.
Páginas muy llenas que dan paso a otras más tranquilas. Fotografías grandes. Pequeños detalles. Cambios de escala. Pausas.
Igual que ocurre al contar una historia, no todo puede tener la misma intensidad.
No se diseña igual un libro que un fanzine
El formato de la publicación también condiciona completamente el proyecto.
No necesita lo mismo una memoria anual de una organización que un catálogo, un libro, una revista, un programa cultural o un fanzine.
Cada publicación tiene un público, una función y una personalidad.
A veces necesitamos un diseño muy ordenado y contenido.
Otras podemos romper la retícula, jugar con la tipografía, mezclar técnicas o permitirnos bastante más libertad.
Y ahí está precisamente una de las cosas que más me gustan del diseño editorial: las reglas son importantes, pero también hay proyectos en los que podemos decidir conscientemente saltárnoslas.
Y después llega el papel
Si la publicación va a imprimirse, el diseño no termina en la pantalla.
El formato, el papel, el gramaje, el tipo de impresión, la encuadernación o los acabados también forman parte del resultado.
Una misma publicación impresa en dos papeles distintos puede transmitir sensaciones completamente diferentes.
Por eso intento pensar estas decisiones desde el principio y no dejarlas únicamente para el momento de enviar el archivo a imprenta.
El objeto final también comunica.
Entonces, ¿qué hace realmente el diseño editorial?
Podríamos decir que maquetar consiste en colocar elementos dentro de una página.
Pero diseñar editorialmente es bastante más.
Es ordenar, jerarquizar, seleccionar, dar ritmo, facilitar la lectura y construir una identidad visual capaz de acompañar al contenido.
No se trata de decorar un texto.
Se trata de encontrar la mejor forma de contarlo.
Y quizá esa sea también una buena definición de lo que hacemos en Rita Type: diseñar cosas que cuentan cosas.
